El juego del calamar “acevichado” Texto de Bruno André Herrera Criollo, alumno de Economía de la Universidad del Pacífico.

El endeudamiento familiar como bomba de tiempo en Corea del Sur y Perú

“Allá afuera, la tortura es peor”. Así reza una de las frases que explican la trama de El juego del calamar (Squid Game en inglés), el más reciente superéxito de Netflix. La historia de 456 individuos que participan en una competencia letal por una recompensa billonaria tomó al mundo por sorpresa y se convirtió rápidamente en un fenómeno popular que los expertos del márketing todavía no consiguen explicar. Sin embargo, el trasfondo precario y quebrado de los participantes del macabro juego no asombra tanto a los surcoreanos: es una faceta incómoda de su sociedad. En modos menos sanguinarios, pero igual de sistemáticos, miles de hogares surcoreanos viven hoy un infierno financiero por el que ya añorarían la existencia de una oportunidad semejante. ¿El Perú se halla muy lejos de esa realidad?

El juego del default

Seong Gi-Hun, el desafortunado y displicente padre de familia que huye fallidamente de sus acreedores es el epítome del surcoreano sobreendeudado. En un país en el que la deuda de los hogares supera el 100% de su PBI, miles de Gi-Huns enfrentan un desproporcionado endeudamiento mientras que sus ingresos tendrían que multiplicarse en varias vidas para cancelar sus obligaciones. Esta tendencia parecería posar un desafío al supuesto económico de la racionalidad, en especial si se consideran los casos en los que personas con un ingreso mensual de cerca de 700 dólares, han accedido a créditos combinados de hasta 60 veces esa cantidad (Ng, 2020).

El origen de este frenesí del crédito bien podría trazarse desde 1997, cuando para contrarrestar los nefastos efectos inmediatos de la crisis financiera asiática, el gobierno surcoreano dispuso estrategias de reactivación económica basadas en el consumo privado. Con este propósito, las regulaciones estatales sobre las instituciones financieras fueron relajadas y estas bajaron sus tasas de interés para atraer a más clientes lo que se tradujo con el tiempo en un boom de apertura de estas líneas crediticias.

El advenimiento de la crisis financiera global del 2007-2008 no hizo más que agravar la delicada situación de miles de surcoreanos quienes ya se encontraban endeudados para entonces, pero recurrieron a más préstamos para postergar su inevitable quiebra. Tal como Cho Sang-Woo, deuteragonista de la serie, es común que muchas personas sobreendeudadas oculten su situación económica a sus familiares y compañeros de trabajo. No pocos son los que llevan este secreto a las últimas consecuencias, entre las que frecuentemente se halla el suicidio, lo que explica por qué las dificultades financieras son la principal razón detrás de este acto en uno de los países con mayor tasa de suicidio de la OCDE (Lee, 2014).

Actualmente, genera preocupación en el país asiático que los jóvenes entre 20 y 30 años sean el grupo en el que se hace más frecuente la bancarrota. No obstante, esta estadística no debería extrañar si se tiene en cuenta que, por las condiciones del mercado laboral surcoreano, son los jóvenes quienes enfrentan mayores dificultades para asegurar una fuente de ingresos estable que les permita cancelar sus deudas o siquiera pagar sus intereses. Las vicisitudes del mercado laboral afectarían de una manera similar la probabilidad de default o impago por parte de la población autoempleada con respecto a la no autoempleada, tal como concluye un reciente estudio sobre la materia (Jung & Kim, 2020).

La bancarrota y el tiburón

Para los surcoreanos más agobiados por sus impagables compromisos financieros existe una opción que si bien muchos juzgan providencial, otros tantos contemplan como una apuesta igual de riesgosa: declararse en bancarrota. Quienes aplican a esta figura deben demostrar fehacientemente su incapacidad para cancelar sus deudas y, de así probarlo, son incluidos en una base de datos mediante la cual las instituciones financieras pueden identificarlos como tal. Pese a sus bondades, se trata de una etiqueta que impide solicitar nuevos créditos en un plazo de cinco años (Ng, 2020). Además, es un dato que ingresa al expediente personal que muchos empleadores solicitan al momento de evaluar una contratación o una promoción, por lo que puede perjudicar la capacidad para procurar ingresos de quienes lo ostenten.

Semejante constricción de la liquidez en uno de los países con los costos de vida más altos del continente asiático empuja a muchos surcoreanos a solicitar nuevos préstamos, esta vez en el circuito informal. Los llamados “prestamistas tiburones” acogen a los exiliados financieros con una variada oferta (desde microcréditos para el consumo hasta préstamos para pagar otros préstamos) y muchos ni siquiera se molestan en observar el historial crediticio de los solicitantes. Sin embargo, quienes acuden a ellos deben proporcionar una lista con información de contacto de algunos familiares, amigos y compañeros de trabajo, así como datos sobre el lugar de residencia (Jung, 2017).

Si los pagos se retrasan, es común que estos acreedores recurran al hostigamiento y la violencia, tal como se muestra en el primer capítulo de la serie, puesto que se trata de una cláusula tácita de este tipo de préstamos. A pesar de esto, miles de surcoreanos aceptan este riesgo porque no tienen otra opción. En estas condiciones, suelen tolerar tasas de interés anual de 311.3%, más de 10 veces la cota legal de tasas de interés, en pagos que muchas veces se colectan inopinadamente (Jung, 2017). La debacle económica originada por la pandemia del COVID-19 ha provocado que muchos más hogares del país asiático recurran a estos cuestionables prestamistas.

¿Una bomba en casa?

El Perú no es extraño ni a la problemática del endeudamiento familiar ni a la de los prestamistas informales. De hecho, un informe elaborado por Equifax y el Centro de Emprendimiento e Innovación de la Universidad del Pacífico (Emprende UP) apuntó un incremento del 4.2% de la deuda morosa en el último mes del 2020 comparado con el mismo registro en el año anterior. En este mismo informe se matizó la observación con la estacionalidad del periodo de compras de fin de año y el agotamiento de algunos de los efectos iniciales de los programas de reactivación económica a los que de cualquier modo se atribuyó un importante papel durante la crisis.

Cabe recordar que, con el objetivo de evitar el default en masa, muchas instituciones financieras se valieron de instrumentos como la reprogramación de las deudas para aliviar la presión circunstancial sobre sus clientes. Este esfuerzo fue facilitado por el Banco Central de Reserva (BCR), el cual dispone, hasta la actualidad, una serie de operaciones para facilitar la refinanciación de los créditos de los clientes del sistema bancario más atribulados por sus pagos (Andina, 2021b).

Por efecto de estas y otras medidas, así como la paulatina recuperación de la economía, los índices de morosidad se redujeron hacia julio del presente año en 1.2% con respecto a la medición de enero, según el último número del informe de morosidad de Equifax y Emprende UP. Este porcentaje significó la salida de 212,000 peruanos del registro de morosos, los cuales concentraron el pago de 2.02 millones de deuda morosa. Pese a este desarrollo, los responsables del reporte recomendaron analizar los resultados con cautela, ya que las medidas de reprogramación anteriormente mencionadas paralizan la cartera de deudas y podrían exponer al indicador de morosidad a eventuales correcciones. Esta advertencia cobra mayor relevancia si se tiene en cuenta que, de manera desagregada, la morosidad de los créditos reprogramados del programa Reactiva ha ido en aumento durante los últimos meses (Andina, 2021c).

Para la Superintendencia de Banca, Seguros y AFP (SBS), entidad encargada de supervisar el sistema financiero en el Perú, el riesgo de un elevado nivel de endeudamiento puede tener importantes implicancias para el sistema financiero (SBS, 2021). En esta línea, la autoridad contempla que un alto endeudamiento de las familias y su consecuente riesgo de default puede exponer al sector financiero a potenciales choques cuando no constituir un choque por sí mismas. Por esta razón, dicha institución observa con especial atención el desenvolvimiento de un indicador en particular: la ratio cuota-ingreso (RCI). Este indicador mide la proporción de los ingresos mensuales dedicadas al pago de algún tipo de crédito en el sistema financiero.

A diciembre de 2020, la SBS estima que el RCI promedio de los prestatarios observados es de 28.2%, porcentaje que si bien se halla dentro de los niveles adecuados de endeudamiento promedio (el Foro Económico Mundial recomienda no exceder el 75%; por su parte, la SBS contempla alto endeudamiento en los hogares con un RCI superior al 30%), es mayor al registrado en años previos. En ese sentido, el organismo detalla que la variación experimentada por este indicador se da en un contexto en el que el pago de las cuotas (numerador) fue auxiliado por las reprogramaciones, pero los ingresos de las familias (denominador) se vieron considerablemente afectados a causa de la crisis económica producida por la pandemia. Por esta razón, la SBS considera que parte de los deudores reprogramados podrían tener dificultades para honrar sus compromisos al término de los periodos de gracia, lo que representa un riesgo a tomar en cuenta para las instituciones financieras.

Con todo, se debe tener presente que estas mediciones perciben tan solo el endeudamiento existente en el circuito financiero formal. Al igual que en Corea del Sur, en el Perú también alarma la proliferación de prestamistas informales. En muchos casos, son mypes las que acuden a estos medios, caracterizados por el cobro “gota a gota” (Andina, 2021a), tasas de interés anual efectiva de hasta 1000% y prácticas no menos hostiles que las de los “tiburones” coreanos (El Peruano, 2020). A sazón de la problemática, iniciativas legislativas como el tope a las tasas de interés pudieron haber resultado contraproducentes al dificultar el acceso a créditos formales a las personas con historiales crediticios precarios. Nuevas propuestas como la compra de deudas a bajas tasas de interés por parte del BCR podrían desvirtuar los objetivos de la autoridad monetaria o convertirse en un incentivo perverso para una mayor morosidad de no plantearse con la focalización y el respaldo técnico consecuentes.

El juego del calamar contiene una hipérbole dramática del calvario que miles de familias surcoreanas actualmente padecen por causa de sus impagables deudas y el riesgo que corren en manos de los prestamistas informales. A pesar de la aparente distancia del Perú respecto a esa realidad, la pandemia ha expuesto ciertas vulnerabilidades que las instituciones financieras no deberían desatender. Sin duda, las reprogramaciones y aplazamientos han atenuado considerablemente el problema del endeudamiento de las familias, sin embargo, de no recuperarse la economía (y con ella el empleo, por ejemplo), estas medidas podrían volverse insuficientes. Es preciso observar la evolución del RCI de las familias peruanas en el corto y mediano plazo; solo así se podrán tomar decisiones informadas que las alejen de la tentación de un juego en el que no existen ganadores.

Fuente: http://blogs.gestion.pe/

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